
A la nave
A Moisés
Alocución a la poesia
El anauco
La oración por todos
Las ovejas
Miserere
Rubia
Ala nave¿Qué nuevas esperanzas
al mar te llevan? Torna,
torna, atrevida
nave,
a la nativa costa.
Aún ves de la pasada
tormenta mil memorias,
¿y ya a correr
fortuna
segunda vez te arrojas?
Sembrada está de sirtes
aleves tu derrota,
do tarde los
peligros
avisará la sonda.
¡Ah! Vuelve, que aún es tiempo,
mientras el mar las conchas
de
la ribera halaga
con apacibles olas.
Presto erizando cerros
vendrá a batir las rocas,
y náufragas
reliquias
hará a Neptuno alfombra.
De flámulas de seda
la presumida pompa
no arredra los insultos
de tempestad sonora.
¿Qué valen contra el Euro,
tirano de las ondas,
las barras y
leones
de tu dorada popa?
¿Qué tu nombre, famoso
en reinos de la aurora,
y donde al sol
recibe
su cristalina alcoba?
Ayer por estas aguas,
segura de sí propia,
desafiaba al viento
otra arrogante proa;
Y ya, padrón infausto
que al navegante asombra,
en un desnudo
escollo
está cubierta de ovas.
¡Qué! ¿No me oyes? ¿El rumbo
no tuerces? ¿Orgullosa
descoges
nuevas velas,
y sin pavor te engolfas?
¿No ves, ¡oh malhadada!
que ya el cielo se entolda,
y las
nubes bramando
relámpagos abortan?
¿No ves la espuma cana,
que hinchada se alborota,
ni el
vendaval te asusta,
que silba en las maromas?
¡Vuelve, objeto querido
de mi inquietud ansiosa;
vuelve a la
amiga playa,
antes que el sol se esconda!
A Moisés
¿Qué son las fuentes en que el oro brilla,
y el mármol de colores,
a par del Nilo, y de esta verde orilla
esmaltada de flores?
No es tan grato el incienso que consume
en el altar la llama,
como entre los aromos el perfume
que el céfiro derrama.
Ni en el festín real me gozo tanto,
como en oír la orquesta
alada, que, esparciendo dulce canto,
anima la floresta.
¿Véis cuál se pinta en la corriente clara
el puro azul del cielo?
El cinto desatadme, y la tïara,
y el importuno velo.
¿Véis en aquel remanso trasparente
zabullirse la garza?
Las ropas deponed; y al blando ambiente,
el cabello se esparza.
Alocución a la poesia
Fragmento del poema «América»
Divina poesia,
tú, de la soledad habitadora,
a consultar tus
cantos enseñada
con el silencio de la selva umbría;
tú, a quien la
verde gruta fue morada,
y el eco de los montes compañía;
tiempo es
que dejes ya la culta Europa,
que tu nativa rustiquez desama,
y
dirijas el vuelo adonde te abre
el mundo de Colón su grande escena.
También propicio allí respeta el cielo
la simple verde rama
con
que al valor coronas;
también allí la florecida vega,
el bosque
enmarañado, el sesgo río,
colores mil a tus pinceles brinda;
y
céfiro revuelto entre las rosas;
y fúlgidas estrellas
tachonan la
carroza de la noche;
y el Rey del cielo, entre cortinas bellas
de
nacaradas nubes, se levanta,
y la avecilla en no aprendidos tonos
con dulce pico endechas de amor canta.
¿Qué a ti, silvestre ninfa, son las pompas
de dorados alcázares
reales?
¿A tributar también irás con ellos,
en medio de la turba
cortesana,
el torpe incienso de servil lisonja?
No tal te vieron
tus más bellos días
cuando en la infancia de la gente humana,
maestra de los pueblos y los reyes,
cantaste al mundo las primeras
leyes.
No te detenga, ¡oh diosa!,
esta región de luz y de miseria,
en donde tu ambiciosa
rival Filosofía,
que la virtud a cálculo
somete,
de los mortales te ha usurpado el culto;
donde la coronada
hidra amenaza
traer de nuevo al pensamiento esclavo
la antigua
noche de barbarie y crimen;
donde la libertad, vano delirio,
fe la
servilidad, grandeza el fasto,
la corrupción cultura se apellida:
descuelga de la encina carcomida
tu dulce lira de oro, con que un
tiempo
los prados y las flores, el susurro
de la floresta opaca,
el apacible
murmurar del arroyo transparente,
las gracias
atractivas
de natura inocente
a los hombres cantaste embelesados;
y sobre el vasto Atlántico tendiendo
las vigorosas alas, a otro
cielo,
a otro mundo, a otras gentes te encamina,
do viste aún su
primitivo traje
la tierra, al hombre sometida apenas;
y las
riquezas de los climas todos,
América, del sol joven esposa,
del
antiguo oceano hija postrera
en su seno feraz cría y esmera.
El
anauco
Irrite la
codicia
por rumbos ignorados
a la sonante Tetis
y bramadores
austros;
el pino que habitaba
del Betis fortunado
las márgenes
amenas
vestidas de amaranto,
impunemente admire
los deliciosos
campos
del Ganges caudaloso,
de aromas coronado.
Tú, verde y apacible
ribera del Anauco,
para mí más alegre,
que los bosques idalios
y las vegas hermosas
de la plácida Pafos,
resonarás continuo
con mis humildes cantos;
y cuando ya mi sombra
sobre el funesto barco
visite del Erebo
los valles solitarios,
en tus umbrías selvas
y retirados antros
erraré cual un día,
tal vez abandonando
la silenciosa margen
de los estigios lagos.
La turba dolorida
de los pueblos cercanos
evocará mis manes
con lastimero llanto;
y ante la triste tumba,
de funerales ramos
vestida, y olorosa
con perfumes indianos,
dirá llorando Filis:
«Aquí descansa Fabio» .
¡Mil veces venturoso!
Pero, tú, desdichado,
por bárbaras
naciones
lejos del clima patrio
débilmente vaciles
al peso de
los años.
Devoren tu cadáver
los canes sanguinarios
que
apacienta Caribdis
en sus rudos peñascos;
ni aplaque tus cenizas
con ayes lastimados
la pérfida consorte
ceñida de otros brazos.
La oración por todos
I
Ve a rezar,
hija mía. Ya es la hora
de la conciencia y del pensar profundo:
cesó el trabajo afanador
y al mundo
la sombra va a colgar su pabellón.
Sacude el polvo el árbol del
camino,
al soplo de la noche; y en el suelto
manto de la sutil neblina
envuelto,
se ve temblar el viejo torreón.
¡Mira su ruedo de cambiante
nácar
el occidente más y más angosta;
y enciende sobre el cerro de la
costa
el astro de la tarde su fanal.
Para la pobre cena aderezado,
brilla el albergue rústico; y la tarda
vuelta del labrador la esposa aguarda
con su tierna familia en
el umbral.
Brota del seno de la azul esfera
uno tras otro fúlgido diamante;
y ya apenas de un carro vacilante
se oye a distancia el desigual
rumor.
Todo se hunde en la sombra; el monte, el valle,
y la iglesia, y
la choza, y la alquería;
y a los destellos últimos del día,
se orienta en el desierto el
viajador.
Naturaleza toda gime: el viento
en la arboleda, el pájaro en el
nido,
y la oveja en su trémulo balido,
y el arroyuelo en su correr
fugaz.
El día es para el mal y los afanes.
¡He aquí la noche plácida y
serena!
El hombre, tras la cuita y la faena,
quiere descanso y oración y
paz.
Sonó en la torre la señal: los niños
conversan los niños
conversan con espíritus alados;
y los ojos al cielo levantados,
invocan de rodillas al Señor.
Las manos juntas, y los pies desnudos,
fe en el pecho, alegría
en el semblante,
con una misma voz, a un mismo instante,
al Padre Universal piden
amor.
Y luego dormirán; y en leda tropa,
sobre su cuna volarán
ensueños,
ensueños de oro, diáfanos, risueños,
visiones que imitar no osó
el pincel.
Y ya sobre la tersa frente posan,
ya beben el aliento a las
bermejas
bocas, como lo chupan las abejas
a la fresca azucena y al
clavel.
Como para dormirse, bajo el ala
esconde su cabeza la avecilla,
tal la niñez en su oración sencilla
adormece su mente virginal.
¡Oh dulce devoción que reza y ríe!
¡De natural piedad primer
aviso!
¡Fragancia de la flor del paraíso!
¡Preludio del concierto
celestial!
II
Ve a rezar, hija mía. Y ante todo,
ruega a Dios
por tu madre: por aquella
que te dio el ser, y la mitad más bella
de su existencia ha
vinculado en él;
que en su seno hospedó tu joven alma,
de una llama celeste
desprendida;
y haciendo dos porciones de la vida,
tomó el acíbar y te dio la
miel.
Ruega después por mí, más que tu madre
lo necesito yo...
Sencilla, buena,
modesta como tú, sufre la pena,
y devora en silencio su dolor.
A muchos compasión, a nadie envidia,
la vi tener en mi fortuna
escasa.
Como sobre el cristal la sombra, pasa
sobre su alma el ejemplo
corruptor.
No le son conocidos...¡ni lo sean
a ti jamás! ... los frívolos
azares
de la vana fortuna, los pesares
ceñudos que anticipan la vejez;
de oculto oprobio el torcedor, la espina
que punza a la
conciencia delincuente,
la honda fiebre del alma, que la frente
tiñe con enfermiza
palidez.
Mas yo la vida por mi mal conozco,
conozco el mundo, y sé su
alevosía;
y tal vez de mi boca oirás un día
lo que valen las dichas que
nos da.
Y sabrás lo que guarda a los que rifan
riquezas y poder, la urna
aleatoria,
y que tal vez la senda que a la gloria
guiar parece, a la
miseria va.
Viviendo, su pureza empaña el alma,
y cada instante alguna culpa
nueva
arrastra en la corriente que la lleva
con rápido descenso al
ataúd.
La tentación seduce; el juicio engaña;
en los zarzales del
camino, deja
alguna cosa cada cual: la oveja
su blanca lana, el hombre su
virtud.
Ve, hija mía, a rezar por mí, al cielo
pocas palabras dirigir te
baste;
"Piedad, Señor, al hombre que criaste;
eres Grandeza; eres
Bondad; ¡perdón!
Y Dios te oirá que cuál del ara santa
sube el humo a la cúpula
eminente,
sube del pecho cándido, inocente,
al trono del Eterno la
oración.
Todo tiende a su fin: a la luz pura
del sol, la planta; el
cervatillo atado,
a cervatillo atado,
a la libre montaña; el desterrado,
al
caro suelo que lo vió nacer;
y la abejilla en el frondoso valle,
de los nuevos tomillos al
aroma;
y la oración en alas de paloma
a la morada del Supremo Ser.
Cuando por mí se eleva a Dios tu ruego,
soy como el fatigado peregrino,
que su carga a la orilla del
camino
deposita y se sienta a respirar;
porque de tu plegaria el dulce
canto
alivia el peso a mi existencia amarga,
y quita de mis hombros
esta carga,
que me agobia de culpa y de pesar.
Ruega por mí, y alcánzame que
vea,
en esta noche de pavor, el vuelo
de un Angel compasivo, que del
cielo
traiga a mis ojos la perdida luz.
Y pura finalmente, como el
mármol
que se lava en el templo cada día,
arda en sagrado fuego el alma
mía,
como arde el incensario ante la cruz.
III
Ruega,
hija, por tus hermanos,
los que contigo crecieron,
y en un mismo seno exprimieron,
y
un mismo techo abrigó.
Ni por los que te amen sólo
el favor del cielo implores;
por
justos y pecadores,
Cristo en la cruz expiró.
Ruega por el orgulloso
que ufano
se pavonea,
y en su dorada librea,
funda insensata altivez;
y por el
mendigo humilde
que sufre el ceño mezquino
de los que beben el vino
porque
le dejen la hez.
Por el que de torpes vicios
sumido en profundo cieno,
hace
aullar el canto obsceno
de nocturna bacanal.
Y por la velada virgen
que en su
solitario lecho
con la mano hiriendo el pecho,
reza el himno sepulcral.
Por
el hombre sin entrañas,
en cuyo pecho no vibra
una simpática fibra
al pesar y a la
aflicción.
Que no da sustento al hambre,
ni a la desnudez vestido,
ni
da la mano al caído,
ni da a la injuria perdón.
Por el que en mirar se goza
su
puñal de sangre rojo,
buscando el rico despojo,
o la venganza cruel.
Y por el que
en vil libelo
destroza una fama pura,
y en la aleve mordedura
escupe
asquerosa hiel.
Por el que surca animoso
la mar de peligros, llena;
por el
que arrastra cadena,
y por su duro señor.
Por la razón que leyendo,
en el gran
libro, vigila;
por la razón que vacila:
por la que abraza el error.
Acuérdate en fin, de todos
los que penan y trabajan;
y de todos los que viajan
por esa
vida mortal.
Acuérdate aun del malvado
que a Dios blasfemando irrita.
La
oración es infinita:
nada agota su caudal.
IV
¡Hija! reza también por los
que cubre
la soporosa piedra de la tumba,
profunda sima adonde se derrumba
la turba de los hombres mil a mil:
abismo en que se mezcla polvo
a polvo,
y pueblo a pueblo; cual se ve a la hoja
de que el añoso bosque
Abril despoja,
mezclar
la suya otro y otro Abril.
Arrodilla,
arrodíllate en la tierra
donde segada en flor yace mi Lola,
coronada de angélica aureola;
do helado duerme cuanto fue mortal;
donde cautivas almas piden
preces
que las restauren a su ser primero,
y purguen las reliquias del
grosero
vaso, que las contuvo, terrenal.
¡Hija! cuando tú duermes, te
sonríes,
y cien apariciones peregrinas,
sacuden retozando tus cortinas:
travieso enjambre, alegre, volador.
Y otra vez a la luz abres
los ojos,
al mismo tiempo que la aurora hermosa
abre también sus párpados
de rosa,
y da a la tierra el deseado albor.
¡Pero esas pobres
almas!...¡si supieras
que sueño duermen!... su almohada es fría;
duro su lecho;
angélica armonía
no regocija nunca su prisión.
No es reposo el sopor que las
abruma;
para su noche no hay albor temprano;
y la conciencia, velador
gusano,
les roe inexorable el corazón.
Una plegaria, un solo acento
tuyo,
hará que gocen pasajero alivio,
y de que luz celeste un rayo
tibio
logre a su oscura estancia penetrar;
que el atormentador
remordimiento
una tregua a sus víctimas conceda,
y del aire, y el agua, y la
arboleda,
oigan el apacible susurrar.
Cuando en el campo con pavor secreto
la sombra ves, que de los cielos baja,
la nieve que las cumbres
amortaja,
y del ocaso el tinte carmesí:
en las quejas de aura y de la
fuente
¿no te parece que una voz retiña?
una doliente retiña?
una
doliente voz que dice: "Niña,
cuándo tú reces, ¿rezarás por mí?"
Es la voz de las almas. A los
muertos
que oraciones alcanzan, no escarnece
el rebelado arcAngel, y
florece
sobre su tumba perennal tapiz.
Más ¡ay! los que yacen olvidados
cubren perpetuo horror, hierbas extrañas
ciegan su sepultura; a
sus entrañas
¡árbol funesto enreda la raíz!
Y yo también, (no dista mucho el
día)
huésped seré de la morada oscura,
y el ruego invocaré de un alma
pura,
que a mi largo penar consuelo dé.
Y dulce entonces me será que
vengas,
y para mí la eterna paz implores,
y en la desnuda loza esparzas
flores,
simple tributo de amorosa fe.
¿Perdonarás a mi enemiga estrella,
si disipadas fueron una a una
las que mecieron tu mullida cuna
esperanzas de alegre porvenir?
Sí, le perdonarás; y mi memoria
te arrancará una lágrima, un suspiro
que llegue hasta mi lóbrego
retiro,
y haga mi helado polvo rebullir.
Las ovejas
«¿Líbranos de
la fiera tiranía
de los humanos, Jove omnipotente
¡una oveja
decía,
entregando el vellón a la tijera?
que en nuestra pobre
gente
hace el pastor más daño
en la semana, que en el mes o el año
la garra de los tigres nos hiciera.
Vengan, padre común de los vivientes,
los veranos ardientes;
venga el invierno frío,
y danos por albergue el bosque umbrío,
dejándonos vivir independientes,
donde jamás oigamos la zampoña
aborrecida, que nos da la roña,
ni veamos armado
del maldito
cayado
al hombre destructor que nos maltrata,
y nos trasquila, y
ciento a ciento mata.
Suelta la liebre pace
de lo que gusta, y va donde le place,
sin zagal, sin redil y sin cencerro;
y las tristes ovejas ¡duro caso!
si hemos de dar un paso,
tenemos que pedir licencia al perro.
Viste y abriga al hombre nuestra lana;
el carnero es su vianda
cuotidiana;
y cuando airado envías a la tierra,
por sus delitos,
hambre, peste o guerra,
¿quién ha visto que corra sangre humana?
en tus altares? No: la oveja sola
para aplacar tu cólera se inmola.
Él lo peca, y nosotras lo pagamos.
¿Y es razón que sujetas al
gobierno
de esta malvada raza, Dios eterno,
para siempre vivamos?
¿Qué te costaba darnos, si ordenabas
que fuésemos esclavas,
menos
crüeles amos?
Que matanza a matanza y robo a robo,
harto más fiera
es el pastor que el lobo» .
Mientras que así se queja
la sin ventura oveja
la monda piel
fregándose en la grama,
y el vulgo de inocentes baladores
¡vivan
los lobos! clama
y ¡mueran los pastores!
y en súbito rebato
cunde el pronunciamiento de hato en hato
el senado ovejuno
«¡ah!»
dice, «todo es uno».
Miserere
¡Piedad, piedad, Dios mío!
¡Que tu misericordia me socorra!
Según la muchedumbre
de tus clemencias, mis delitos borra.
De mis iniquidades
lávame más y más; mi depravado
corazón
quede limpio
de la horrorosa mancha del pecado.
Porque, Señor, conozco
toda la fealdad de mi delito,
y mi conciencia propia
me
acusa y contra mí levanta el grito.
Pequé contra Ti solo;
a tu vista obré mal; para que brille
tu justicia, y vencido,
el que te juzgue tiemble y se arrodille.
Objeto de tus iras
nací, de iniquidades mancillado,
y en
el materno seno
cubrió mi ser la sombra del pecado.
En la verdad te gozas
y para más rubor y más afrenta,
tesoros me mostraste
de
oculta celestial sabiduría.
Pero con el hisopo
me rociarán, y ni una mancha leve
tendré ya; lavárasme,
y quedaré más blanco que la nieve.
Sonarán tus acentos
de consuelo y de paz en mis oídos,
y celeste alegría
conmoverá mis huesos.
Aparta, pues,
aparta
tu faz, ¡oh, Dios!, de mi maldad horrenda
rastro de culpa por tu
enojo encienda.
En mis entrañas cría
un corazón que con ardiente afecto
te busque; un alma pura,
enamorada de lo justo y recto.
De tu dulce presencia,
en
que al lloroso pecador recibes,
no me arrojes airado
ni de tu santa inspiración me prives.
Restáurame en tu gracia,
que es del alma salud, vida y contento;
y al débil pecho infunde
de un ánimo real el noble aliento:
haré que el hombre injusto
de su razón conozca el extravío;
le mostraré tu senda,
y a
tu ley santa volverá al impío.
Mas líbrame de sangre,
¡mi Dios, mi Salvador! ¡Inmensa
fuente
de piedad! Y mi lengua
loará tu justicia eternamente.
Desatarás mis labios,
si santo un pecador que llora alcanza,
y gozosa a las gentes
anunciará mi lengua tu alabanza.
Que si víctima fueran
gratas a Ti, las inmolará luego;
pero no es sacrificio
que te deleita el que consume el fuego.
Un corazón doliente
es la expiación que a tu justicia agrada:
la víctima que aceptas
es un alma contrita y humillada.
Vuelve a Sión tu benigno
rostro primero y tu piedad amante
y sus muros humilde
Jerusalén, Señor, al fin levante.
Y de puras ofrendas
se colmarán tus aras y propicio
recibirás un día
el grande inmaculado sacrificio.
Rubia
¿Sabes, rubia, qué gracia solicito
cuando de ofrendas cubro los altares?
No ricos muebles, no soberbios lares,
ni una mesa que adule al apetito.
De Aragua a las orillas un distrito
que me tribute fáciles manjares,
do vecino a mis rústicos hogares
entre peñascos corra un arroyito.
Para acogerme en el calor estivo,
que tenga una arboleda también quiero,
do crezca junto al sauce el coco altivo.
¡Felice yo si en este albergue muero;
y al exhalar mi aliento fugitivo,
sello en tus labios el adiós postrero!